Intervención Ana Higueras






Una versión actual del dadaísmo: Curro CanaveseRafa Prats. Levante_EMV
Valencia no es Zurich ni estamos en la segunda década del siglo XX. Tampoco el Sporting Club Russafa tiene demasiado parecido al Cabaret Voltaire de la ciudad suiza, pero el espíritu dadá flota en el ambiente de este espacio pretendidamente artístico de la valenciana calle Sevilla.
«Le doy vueltas y pinto, hacia atrás, hacia delante, sobre una vuelta, encima de otra vuelta, detrás de la siguiente vuelta, detrás de la siguiente revuelta, vuelta a empezar qué sé yo qué vuelta, no acabo lo que pinto me da la vuelta, no termino lo que empiezo se da la vuelta…».
El texto pertenece a Curro Canavese Casesnoves (Alicante, 1950), un dadaísta sui generis como lo evidencia en sus objetos y en sus escritos. No es, precisamente, Johannes Theodor Baargeld —también pintor y escritor—, que se apuntó al dadaísmo cuando este movimiento antiartístico hacía furor en una Europa que acababa de salir de un lamentable campeonato de a-ver-quién-es-más-bestia.
A Canavese se le puede leer mejor que a Hugo Ball, autor de Karawane, el primer poema fonético de la historia del dadaísmo:
«jolifanto bambla o falli bambla großiga m'pfa habla horem
giga goramen
igo bloiko russula huju
ollaka hollala
nlogo bung
lago bung
lago bung
osso fataka
üü ü
champa wulla wussa olo» y continúa por el mismo camino de articulación de fonemas sin sentido.
Me quedo con la escritura de Canavese, qué queréis que os diga. Esa prosa emparentada con los objetos exhibidos, lo cual ya le sirvió como pretexto de una magnífica exposición en el Museo de la Ciudad hace casi veinte años. Desde entonces ha venido depurando su estilo con el que ha llegado a trabajar en equipo —¡con lo difícil que debe ser eso!— en complicidad con otro sportinguista, Manel Costa (no confundir con Tristán Tzara) en dos sugerentes libros: El nido de la palabra y Artistas muertos fracasados.
Si os apetece podéis visitar la exposición (Sevilla, 5, hasta el próximo viernes 25) en compañía de los niños, porque la versión dadá que se nos ofrece en el Sporting Club es más respetuosa que provocativa y no tiene nada que ver con aquella que organizaron Max Ernst y Baargeld, en la que se obligaba al público a pasar entre unos urinarios, mientras una niña con vestido de primera comunión recitaba poemas obscenos. Vivimos otros tiempos, pero el dadaísmo permanece de fondo: «...los círculos de las vueltas, las mancho debajo y se dan la vuelta, al revés me vuelvo sobre las vueltas y pierdo las vueltas, giro, le rodeo, me revuelvo, viro, retorno, regreso, me mareo, vomito la pintura y al contrari de o repinto y le sigo dando vueltas».
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